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Michoacán en la mirada de José Rubén Romero

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Agonizaba el siglo XIX, en un pintoresco pueblo michoacano llamado Cotija de la Paz, un veinticinco de septiembre de 1890, veía la luz uno de los novelistas mexicanos más importantes del siglo XX, José Rubén Romero.

Para este escritor la provincia mexicana y particularmente la michoacana, serán el eje principal en sus obras; dejando en ellas una impronta única. El siempre recordaba la frase del escritor francés, Francisco Mauriac,” Un artista sin comunicación con la provincia, estará privado de la comunicación con lo humano. Por eso podemos afirmar que Romero fue muy afortunado al nacer en la provincia, y provenir de una familia provinciana. Su inspiración será siempre el terruño, al que recordaba con añoranza, cuando este se encontraba en el extranjero ocupando cargos públicos.

En todas sus obras el escritor alternará el paisaje geográfico con el humano, con gran viveza, nos da pinceladas de aquellos lugares de su infancia y juventud, el mismo será protagonista de aquellos relatos; alternando con los habitantes de esos lugares. Empleando un lenguaje sencillo con gracia y picardía, añadiendo la poesía, va hilvanando en sus novelas un retrato fiel de aquellos pueblitos de la provincia michoacana, otorgándole otro sentido a las distancias, otra apariencia a los paisajes, así como a las vivencias.

Ahora de su mano recorramos los caminos por los cuales transitó, en su niñez, juventud y madurez, sigamos sus pasos, particularmente a través de sus novelas autobiográficas; Apuntes de un Lugareño y Desbandada, vamos a permitirnos hacer nuestros esos recorridos.

Observemos el paisaje de montes fértiles, o en palabras de Romero Ubérrimos, caminemos por aquellas calles con olor a establo, en la que abundaban ganaderos y arrieros. Imaginemos los tiempos en los que se escriben estos libros, en pleno siglo XX, algunos en la antesala de la Revolución mexicana, otros posteriormente,  en los que se aluden caminos, inundados en tiempos de lluvia, cuyas hierbas mojaban los estribos de los jinetes que en ellos transitaban, observemos a la gente que habitaba esos pueblos con sus particularidades en comportamiento o vestimenta, como cuando se habla de la gente de Sahuayo, rancheros nobles, dadivosos; capaces de un arranque, de cualquier hombrada, además de ser sumamente religiosos.

De allí pasamos al corazón de la zona lacustre, Pátzcuaro, de quien Romero nos dice que: Desde el llamado Cerro del Calvario, se divisa un panorama de dibujo japonés con tintes de colores, que se posan sobre la negra laca de un alhajero, mientras se mira un ejército de pinos que parecen caminar, entretanto en el lago se divisan canoas que atraviesan cinco islas que son guardianas del pasado.

Nos relata como era la actividad comercial en aquel pueblo, señalando a las “catrinas” que regateaban mercancía, o las guares regordetas de piel achocolatada, con pies descalzos que daban pequeños pasos, cuyas trenzas de ébano en palabras del novelista, se perdían en una profusión de cintas y lazos de colores.

En aquel mercado miramos en un petate aguacates acharolados de Tacámbaro, chirimoyas aterciopeladas de Ario de Rosales, carnosos mameyes de Pedernales y olorosas guayabas de Jacona.

El clima de aquella región es frío en la mayor parte del año, por lo que se podía observar toda una variedad de prendas de abrigo para cubrirse, mientras la gente se resguardaba en los portales.

De allí pasamos a la calidez de Tierra caliente, especialmente Churumuco, pueblo muy caluroso, afirmando, Rubén Romero que, rascando la tierra podías sacar diablitos de la cola, nos señala casas de color pardo, portales en los que se colocaban hamacas, el carácter de sus habitantes era lánguido, tal vez por el mismo clima, al que solo animaba al sonido de un arpa, o la riña por una mujer; agrega además que los habitantes de ese pueblo tenían como compañero constante un machete, que lo mismo les servía en sus actividades cotidianas, que para portarlos en alguna fiesta.

Nuestro viaje continuo a lo que el llamó los Balcones orientales de Michoacán, Santa Clara del Cobre, Ario de Rosales y Tacámbaro.

De Santa Clara nos describe los Mesones tan grandes que parecen plazas, es abundante en agua, sobre todo cristalina, sus pobladores son arrieros maldicientes y cantadores, en el pueblo se escucha el martilleo constante que golpea el cobre.

Arribamos a Tacámbaro, hermoso pueblito por el que no paso el tiempo, descrito en Desbandada, la segunda novela autobiográfica del autor.

Sobre las rojas tejas que huelen a jarro nuevo en tiempos de lluvia, los campos moteados de azucenas, el divino espejo de la Alberca, los Trapiches que lo mismo extraen la sangre del peón, que la miel de caña, se extiende el maravilloso cielo de Tacámbaro, como un cortinaje de zafiro, y en las noches un cielo tachonado de estrellas, así es Tacámbaro

Precisamente la Alberca nos refiere, es un azulejo primoroso con árboles centenarios que sirvieron de escenario a los amores del Rey Tacamba y la princesa Inchatiro.

En Tacámbaro hay molinos de trigo con blancas ventanas que parecen palomares, así como trapiches con chimeneas humeantes que semejan a alguien fumando de manera oculta. El pueblo tiene sus calles tan empinadas y quebradas que pocos se aventuran a pasar por ellas con bestias de carga, que, si se arriesgan a ir por ellas, sería como una carrera de obstáculos.

Nos habla de los portales donde se vende mercancía diversa, jarciería, como bozalillos de crin o gruesas cuerdas, en otro portal se venden dulces, como calabazates, confites de anís, mazapanes de pepita, que ocasionan todo un carnaval en el estomago de los niños especialmente.

El panorama se complementa con los Barrios conocidos como: La Bola Roja, la Campana, en la que transitaban las vacas a cierta hora, sin pastor, porque reconocen donde viven, se asomaban, por todas las puertas, moviendo su mandíbula constantemente, como si mascaran chicle, la Palanca, donde abundaban los Mesones, el Marinero, este último por cierto nos señala como peligroso, por la gente que lo habita, mujeres de mala fama, méndigos y hombres perdidos en el alcohol y los vicios.

Nos acerca a su histórica Catedral de San Jerónimo, posteriormente escribe sobre su casa y su familia, su negocio el más importante en la Región, La Fama, tienda en la que vendía los mejores vinos, aunque el confiesa que solamente eran las botellas, porque el líquido él lo fabricaba en casa, esa tienda bien surtida, servía para las discusiones con los parroquianos, especialmente entre los liberales y conservadores, nos describe a su familia, a la gente del pueblo, principalmente María la del Hospital o María Cendejas, quien entró muy joven a servir como moza a dicho Hospital, pero posteriormente va aprendiendo algunos rudimentos de medicina, lo que le servirá cuando el gobierno deja de apoyarlo económicamente, retirándose por lo mismo los Doctores, quedándose solamente esta mujer, que incluso llegó a pedir limosna para sus enfermitos.

A este pueblo apacible llego Inés Chávez García, sacudiéndolo con violencia extrema, rompiendo la quietud y apacibilidad de Tacámbaro.

En fin, podemos decir muchas cosas, pero yo los invito a leer de nuevo a Rubén Romero, a adentrarse en sus obras, a disfrutar su narración y conocer un poco a Michoacán a través de su mirada.

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