Ucareo, recóndita joya del Oriente michoacano

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Ucareo, de la palabra “hucarani”, lugar donde fructifican los árboles, es un pintoresco poblado colonial donde las manecillas del reloj se detienen y las hojas del calendario pasan desapercibidas. Se ubica a 63 kilómetros al este de la ciudad de Morelia por la carretera que conduce a Maravatío y Atlacomulco, o bien, se puede llegar por la autopista México- Guadalajara y en la salida a Los Azufres se encuentra el camino para Ucareo, mismo que está a tan solo 5 minutos y es un deleite el apreciar sus bellos paisajes de campos frutales que dan la bienvenida a propios y extraños.

Este recóndito lugar resguarda sorprendentes tesoros con una gran historicidad, siendo uno de ellos el suntuoso ex convento que le perteneció a la Orden de los frailes Agustinos que data del siglo XVI y a un costado se levanta incólume el templo de San Agustín Obispo, el cual está construido en la parte más elevada de la loma donde se asienta Ucareo, que por cierto, tiene parecido con algunos poblados de España por su fisionomía. Se conservan bellas construcciones sobre gradas con techos amplios a dos aguas cubiertos con tejas de barro, muros de piedra y adobe, contrafuertes, y pretiles interiores en los corredores de las casas que lucen macetas con flores multicolores.

El ex convento fue diseñado por el fraile Juan de Utrera, que además de ser religioso era un gran arquitecto y por ende, el edificio lo terminó en tan solo once meses, concluyéndolo el 1 de noviembre de 1555 y pese a las órdenes que le había dado el Virrey Luis de Velasco, el hizo caso omiso de construir un convento moderado, trazando un convento que sobrepasó las necesidades de la región y a la técnica de construcción que utilizó Utrera siglos después el historiador George Kubler le denominó “de prefabricación”, misma que se empleó para la remodelación del Escorial en España. En cuanto al templo, el primero que databa del año de 1602 y en donde se celebró el primer capítulo de la Provincia agustiniana de San Nicolás Tolentino de Michoacán, sufrió un terrible incendio en 1701, levantándose otra construcción que causó menor impacto que la anterior, pero a la que se le dotó con un bello retablo de estilo barroco, estípite finamente tallado y con apliques de oro a la hoja y que se sospecha, fue de los últimos retablos barrocos en realizarse en Michoacán siendo ya de fechas tardías y en épocas en las que ya se comenzaba a manifestar el neoclasicismo.

También este templo conserva otra obra de arte novohispana, un retablo dedicado a las ánimas del purgatorio de 1733, enmarcado por dos columnas de madera y en su parte inferior una predela con seis tableros donde aparecen los donantes de dichas obras. El cuadro principal de este retablo contiene estrictamente la iconografía del purgatorio, apareciendo así las tiaras papales, el fuego purificador, los santos protectores como San Nicolás Tolentino, San Lorenzo, entre otros.

En el atrio conventual se levanta en el centro una cruz de piedra de una sola pieza con alegorías de la Pasión de Cristo y hacia el sur se encuentra la única plaza del pueblo la cual se construyó en las ruinas del ex convento.

Esta plaza está llena de mucha tranquilidad al grado que se puede disfrutar  leer un buen libro sin ser interrumpido, en el centro se encuentra su kiosco que en un principio era de estilo afrancesado, pues se construyó en la época Porfiriana y para 1910 don Zeferino Mendoza Oregon mandó levantar un monumento en honor a Miguel Hidalgo por el primer centenario de haber iniciado la lucha por la independencia de México. Ese monumento causó mucho escándalo al grado que apareció en periódicos de la Ciudad de México y fue en este contexto cuando el poblado albergaba a varias familias provenientes de Madrid y el norte de España como las de don Francisco Mendoza, Antonio Aguilar, Josefa Buemo, don Bernabé Cimadevilla, Eduardo Regil, Emiliana Varela, el herrero José María Sánchez, Eduviges Árciga, los Anguiano, entre otros.

Aún se recuerdan aquellas veladas en la plaza, donde se les aventaba confeti a las muchachas bonitas, los dulces tradicionales que vendía Maquito Piña y sus hermanas, o la primer Feria de la Pera, que le dio auge a esta microrregión por su potencial frutícola, destacando la producción de pera, ciruela, durazno y manzana, y en menores cantidades la nuez de castilla y los tejocotes.

Podría seguir contándoles muchas historias de mi amado terruño pero aquí finalizo con este artículo, invitándoles para que conozcan Ucareo y no se vayan sin antes haber probado sus deliciosas conservas y licores, cualquier día del año es propicio para admirar sus paisajes frutales y boscosos y hacer un viaje a través del tiempo.

Fuentes de consulta.

Heredia Solís, Ireneo, Ucareo, Época Prehispánica, El Convento Agustino. Colección La Querencia, Cuadernos del Instituto Michoacano de Cultura y Los Municipios, Morevallado Editores, Morelia, Michoacán, México, 2001.

Vargas Sánchez, Alejandro, El Impacto de la Revolución Mexicana en la Microrregión de Ucareo, Michoacán, 1910-1920. Morevalladolid, Morelia, Michoacán, 2014.

Hemerografía:

El Tiempo, Ciudad de México, 9 de Agosto de 1910.

Kubler, George, “Ucareo and the Escorial”, en Revista de Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, México, 1942.

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