Noche de Muertos

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“El culto a la vida es profundo y total, es también culto a la muerte. Ambas son inseparables. Una civilización que niega a la muerte acaba por negar a la vida. Octavio Paz, “Todos Santos Día de Muertos”, El laberinto de la soledad, 1950.

La cultura en México se caracteriza por la variedad en sus celebraciones, en ellas se pone de manifiesto costumbres, creencias y tradiciones. Con estas manifestaciones culturales, se forja la identidad de los pueblos y se fortalecen los lazos de comunidad que prevalecen en la memoria histórica.

Como es costumbre, en nuestro país se lleva a cabo una expresión cultural importante en la que recordamos y conmemoramos a nuestros antepasados, a nuestros muertos. En un ambiente de fiesta, convivencia armoniosa y remembranza, se lleva a cabo en el mes de noviembre la tradicional festividad de Noche de Muertos; un elemento Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad considerado así por la UNESCO.

La Fiesta de las Ánimas, también llamada así, es una tradición mexicana que data desde tiempos prehispánicos, era un antiguo ritual se llevaba a cabo en la veintena del noveno y décimo mes (corresponderían a agosto y septiembre actualmente) según el calendario mesoamericano en el que se rendía culto a la muerte como una ampliación de la vida. Para los antiguos pueblos precolombinos la muerte era vista como sinónimo de vida, la dualidad vida-muerte refería a un aspecto de la realidad, es decir, parte de un mismo proceso. Sin embargo, lo que determinaba el tránsito del alma a su nuevo destino, dependía no de las acciones humanas durante su vida, sino de la forma de morir.

“Había tres paraísos. En primer lugar estaba el Paraíso Oriental del Sol, al que iban los guerreros muertos en batalla y los sacrificados en los altares del templo… Después de cuatro años, podían regresar a la tierra como pájaros cantores o como mariposas. En segundo lugar, estaba el Paraíso Occidental del Sol, al que iban las almas de las mujeres muertas al dar a luz…El tercer paraíso o Cielo Meridional era para las almas escogidas por Tlaloc… Iban allí los que habían muerto ahogados, fulminados por un rayo o por enfermedades asociadas con el agua…” (Tickell, 1990, p. 92-93).

Con la llegada de los españoles y la nueva religión, se estableció la conmemoración de difuntos en gran parte de México, el 1 de noviembre en el que se celebra a Todos los Santos, recordando a los niños fallecidos y el día 2 de noviembre se hace la celebración mayor de “Día de Muertos”, celebrando a los adultos que se adelantaron en el camino.

“…en el ritual indígena nahua existían dos fiestas dedicadas al culto de los muertos: Miccaihuitontli o Fiesta de los Muertecitos, que se conmemoraba en el noveno mes del calendario nahua, y equivalía al mes de agosto del año cristiano; y la Fiesta Grande de los Muertos, celebrada el décimo mes del año… Durán, pasados algunos años pudo observar que el día de Todos Santos ponían ofrendas para los niños muertos, y el siguiente día otra para los difuntos adultos… Las ofrendas consistían en dinero, cacao, cera, aves, frutas, semillas en cantidad y cosas de comida” (Mendoza, s.f., p. 31).

Los rituales que realizaban los antepasados a la muerte, tenían una singular significación referenciada a su ciclo agrícola, era el tiempo de agradecer a la madre tierra por la buena cosecha. En los pueblos michoacanos, la tradición “obliga” a la familia a esperar a sus difuntos los tres primeros años posteriores a su muerte. Así, en los panteones de varias comunidades de origen P´urhépecha, como: Tzintzuntan, Tzurumútaro, Ihuatzio, Santa Fe de la Laguna, entre otros, podemos ver las tumbas adornadas con arcos de madera cubiertos con flores, alimentos y algunos elementos personales o del gusto del familiar, coronando este arco con una cruz (el primer año), dos cruces (el segundo) y tres cruces (el último año).

Para el montaje de la ofrenda se necesitan frutas de temporada, bebidas que tienden a variar dependiendo en algunos casos al gusto del difunto que se ofrenda el altar, pan de muerto, flores de cempaxúchitl, nube o pata de León, la fotografía de la persona acompañado con la de algunos santos; y, en el caso de los niños la ofrenda es conjuntada con juguetes, dulces y calaveritas.

 “La colocación de la ofrenda es todo un ritual ya que se debe instalar en un lugar específico… se divide en cuatro partes, esto simulando los cuatro puntos cardinales;

1.- Norte. Los que se relacionan con el aire, invierno y color azul (incienso).

2.- Sur. Lo que corresponde al verano, significa la tierra y con color verde (flores, verduras, frutas, etc.)

3.- Este. Elementos relacionados con el agua, la primavera y el color amarillo (agua, tequila y pulque).

4.- Oeste. Lo que pertenecía al fuego, otoño y color rojo (veladoras).

Dependiendo de los niveles de la ofrenda es como se representa, el cielo, el infierno y el limbo, en la parte de arriba van las imágenes de los santos (cielo), en medio retratos de los difuntos y la comida, (tierra) y en la parte de abajo sobre la tierra es el infierno, ahí se coloca un petate, esto para que descansen los difuntos” (Sánchez, s.f., p. 4). 

Elementos de un altar y su simbolismo

Agua: simboliza la vida. Es ofrecida al difunto para que pueda saciar su sed,

Copal: fragancia de reverencia, utilizado tradicionalmente para limpiar el lugar de los malos espíritus.

Velas o veladora: símbolo de la luz. La veladora sirve como guía de las ánimas para que éstas puedan encontrar el camino a sus antiguos lugares. Sin embargo, también en algunas regiones, la vela simboliza el número de difuntos que una familia estará recibiendo.   

Flores: representada en su forma tradicional por la flor de cempaxúchitl, nunca deben faltar en la ofrenda ya que aromatizan el camino que debe seguir el ánima y reviste de alegre colorido el transitar del difunto a su encuentro con los familiares que lo esperan.

Sal: símbolo de la pureza del alma.     

Petate: utilizado en la ofrenda como mesa u objeto de descanso del alma.

Pan: en términos católicos, se representa como el “Cuerpo de Cristo”.

Calaveras de azúcar: símbolo de que la muerte está siempre presente en nuestra vida.

Papel Picado: simboliza una serie de significados dependiendo del color. El naranja representa el luto, el morado hace referencia a la religión católica, el azul representa a los que tuvieron una muerte relacionada con el agua, el rojo representa a los guerreros o a mujeres que murieron en un parto, el verde es para los jóvenes, el blanco simboliza a los niños, el amarillo a los ancianos y el negro al inframundo.

Comida: son los platillos que fueron del gusto del difunto.

En Michoacán, se lleva a cabo la tradición de una manera singular. Los pueblos purépecha han sabido conservar los rituales en torno a la muerte y año con año cada 2 de noviembre, en los panteones o casas domésticas de algunas comunidades podemos observar la velación de los difuntos durante toda la noche. La decoración de altares y ofrendas se lleva a cabo desde el 1 de novimebre honrrando a los “angelitos” para posterimente llevar a cabo la fiesta grande de los difuntos. Es una celebración que permite tener la creencia de que los muertos regresan al mundo de los vivos para convivir con sus familiares, para disfrutar una vez más de los placeres terrenales y para fortalecer los lazos de comunidad entre los miembros de la misma.

FUENTES

Mendoza, José E. (s.f.). Qué viva el Día de Muertos rituales que hay que vivir entorno a la muerte, en La Festividad Indígena Dedicada a los Muertos en México. México: CONACULTA, (p. 31). Recuperado de: https://www.cultura.gob.mx/turismocultural/publi/Cuadernos_19_num/cuaderno16.pdf

Sánchez, Miguel Ángel. (s.f.), El Culto a los Muertos. México. (p. 4). Recuperado de: http://web.uaemex.mx/identidad/docs/cronicas/TOMO%20IX/MUERTOS.pdf  

Tickell, C. (1990). Las Civilizaciones de América Precolombina, en La Vida Después de la Muerte. México: Editorial Hermes, (p. 92-93)

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